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Coque Malla Basado en una historia absolutamente real… Siendo...

Coque Malla Basado en una historia absolutamente real…

Siendo yo un niño, acompañé a mis padres a un viaje de trabajo. En unos pocos meses estrenaban uno de sus grandes montajes teatrales: De San Pascual a San Gil, una obra histórica, con la reina Isabel II como ilustre protagonista. Amparo Valle, mi madre, interpretaría a la reina y Gerardo Malla, mi padre, dirigiría el espectáculo. 
Había que elegir muy bien el teatro para tan importante ocasión, y después de descartar unos cuantos, encontraron por fin el idóneo. Programaron la visita para un sábado.
Cogimos el coche, atravesamos la ciudad, y después de un breve viaje por el campo, llegamos a la localidad, muy cercana a Madrid, donde se encontraba el pequeño y precioso teatro en el que se habían citado con el gerente que estaba al cargo. Nos recibió amable y se dispuso a guiar a mis padres por las instalaciones, mientras yo, como cualquier niño de mi edad habría hecho, me dediqué a escabullirme por los pasillos, las butacas y los infinitos recovecos que ofrecía aquel increíble y majestuoso espacio.
En mi imaginación, se convirtió en un lugar lleno de peligros y posibles aventuras, así que cuando un grupo de turistas que lo visitaban inocentemente se interpuso por casualidad en mi camino, mi cabecita soñadora los convirtió en seguida en una recua de bandidos que querían asaltarme armados con espadas. Como si subiese por las escaleras de madera de un viejo buque, corrí al primer piso huyendo del enemigo. Pero resultó que el enemigo (los inocentes turistas), estaba interesado en visitar también el anfiteatro, y sin saber siquiera de mi existencia, subieron detrás de mí. Todavía jugando, subí al siguiente piso convencido de que esta vez me libraría de ellos. Pero no fue así. Aquella gente también quería visitar el segundo anfiteatro, y entre comentarios de admiración acerca de lo que el guía les iba mostrando y explicando sobre la historia y la arquitectura del edificio, subieron también. Empezaba a asustarme. Aquello ya no era un juego. Yo estaba muy lejos de mis padres y esa gente no sabía que yo estaba allí. Podían perfectamente tomarme por un ladronzuelo y hacerme pasar un mal rato. Subí al siguiente piso. Ellos subieron detrás. Ahora ya no había escapatoria y yo estaba totalmente solo y asustado de verdad. Una puerta rota y desvencijada me ofrecía la única salida posible. No lo dudé: la crucé aterrorizado sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Lo que encontré al otro lado de aquella puerta era tan fascinante como amenazador y estoy seguro de que la fuerte impresión que me produjo, selló para siempre mi destino como hombre del espectáculo: un enorme espacio, viejo y desgastado, lleno de enormes cuerdas, vigas de madera, sacos, artilugios diversos y aparatos de tramoya me rodeaba haciéndome sentir diminuto e insignificante. Las tripas del teatro, el corazón de la mentira: el torreón de tramoya. 
El ruido de pasos me devolvió a la realidad. No lo podía creer, el grupo de turistas había subido hasta allí, y por una rendija, vi como el guía les señalaba la puerta por la que yo acababa de entrar. ¡Claro! ¡si había un lugar interesante en todo el teatro para visitar, era ese! Ahora sí que estaba en un buen lío: si me encontraban allí escondido me tomarían por alguien realmente extraño y peligroso y actuarían en consecuencia. Avancé en la oscuridad siguiendo una tenue y amarillenta luz que parecía venir de las profundidades iluminando el techo de la sala de telones, hasta que me encontré al borde de un abismo. Al fondo, tres pisos más abajo, el escenario vacío. Delante mío, el único camino para escapar: el peine del teatro. El peine del teatro es un gran grupo de varas de madera, dispuestas en horizontal unas al lado de otras y que atraviesa el cielo del escenario. De él se cuelgan los focos y telones que iluminan y decoran los distintos espectáculos.  En este caso, se trataba de un peine del Siglo XVIII perfectamente conservado, incluso restaurado, pero lleno de carcoma y totalmente inservible para su uso presente. Pisar sobre él suponía precipitase al vacío, seguro. Pero eso yo no lo sabía. Así que ahí estaba, acorralado y diciéndome a mí mismo: “atrévete, atrévete, camina por el peine, es la única salida”.  Os juro que estuve a punto, y creo incluso que llegué a tantear con el pie una de las varas. El resultado hubiese sido trágico: un tremendo chasquido de la madera al romperse, seguido de un grito desgarrador, interrumpido bruscamente por el golpe seco de mi cuerpo contra el suelo. Y yo, en mi primera (y última) gran actuación, muerto y con un charco de sangre manando de mi cabeza tiñendo de rojo el escenario. 
Los turistas y su acompañante habían abierto la puerta y estaban dentro del torreón. Sólo la oscuridad les impedía verme; o atravesaba el peine, o estaba perdido. 
Iba a hacerlo…
Y entonces vino la luz. Un rayo de cordura atravesó mi mente infantil y aventurera, intuí que aquello no era una buena idea y retrocedí. De no haberlo hecho, habría muerto. Seguro.
Me escondí como pude en uno de los diminutos rincones de aquel gran desván y recé para que no me viesen. Pero seguían acercándose y acercándose… ¡claro! ¡querían ver el peine del siglo XVIII!
No pude más. Me derrumbé, empecé a gritar y salí corriendo. Pasé justo al lado de ellos, me escabullí por la pequeña puerta por la que habíamos entrado y corrí escaleras abajo llamando desesperado a mis padres. El guía que acompañaba a los turistas salió corriendo detrás de mí, pensando -tal y como yo había sospechado- que perseguía a un ladrón -o algo peor- que había subido hasta allí con oscuras intenciones. Yo escuchaba a mi espalda sus pasos y sus gruñidos acercándose cada vez más. Los ojos se me salían de las órbitas del pánico. 
Conseguí llegar al piso de abajo donde mi padre y mi madre -pálidos del susto, porque habían escuchado mis gritos desde abajo- terminaban su visita al teatro.  
Me abalancé sobre ellos, me abracé a sus piernas y rompí a llorar desconsoladamente. El pobre guía llegó unos segundos después con la lengua fuera y sin entender nada: hace apenas unos instantes, pensaba que yo era un peligroso delincuente que había entrado a desvalijar el teatro, y ahora veía a un niño de ocho años abrazado a unos señores y llorando como una madalena. 
El gerente balbuceaba: pero… eh… Juan Carlos… ¿qué… qué ha pasado?  
A lo que siguió una situación absurda en la que nadie entendía ni explicaba nada; el único que sabía lo que realmente había ocurrido era yo, pero no podía hablar porque estaba llorando, y al guía turístico, que algo podía contar, le llegaba la lengua al suelo y sólo podía decir: a…gua…arff, arff… gua… a…
Cuando se calmaron los ánimos todo quedó aclarado y el guía  -cargado de culpa por el mal trago que sin querer me había hecho pasar- me compró un helado para que se me quitase el susto del cuerpo, no sin antes murmurar con los dientes bien apretados: qué mono el niño…
Volvimos a Madrid y yo dormí plácidamente en el coche camino a casa.
La obra se estrenó y yo pasé los siguientes meses yendo todos los fines de semana a ver la función, a convivir con mis padres y sus compañeros de la compañía, en San Lorenzo de El Escorial, donde fui enormemente feliz. 
Cada día recorría varias veces todos y cada uno de los rincones del Real Coliseo Carlos III, y el teatro se convirtió en una segunda casa para mí. ¡Ah! Y el guía y el gerente me terminaron queriendo como a un hijo.

Os espero a todos este domingo en el Carlos III para cerrar el círculo, con un concierto lleno de un hermoso significado, en un lugar lleno de maravillosos recuerdos.
Prometo no subir al torreón de tramoya.
Coque Malla.

COQUE MALLA EN CONCIERTO.
SAN LORENZO DE EL ESCORIAL.
REAL COLISEO CARLOS III
23 de abril - 17.30
Últimas entradas en: www.entradas.com
Artista invitada: Patricia Lázaro
21/04/2017 - 11:34
Basado en una historia absolutamente real… Siendo yo un niño, acompañé a mis padres a un viaje de trabajo. En unos pocos meses estrenaban uno de sus grandes montajes teatrales: De San Pascual a San Gil, una obra histórica, con la reina Isabel II como ilustre protagonista. Amparo Valle, mi madre, interpretaría a la reina y Gerardo Malla, mi padre, dirigiría el espectáculo. Había que elegir muy bien el teatro para tan importante ocasión, y después de descartar unos cuantos, encontraron por fin el idóneo. Programaron la visita para un sábado. Cogimos el coche, atravesamos la ciudad, y después de un breve viaje por el campo, llegamos a la localidad, muy cercana a Madrid, donde se encontraba el pequeño y precioso teatro en el que se habían citado con el gerente que estaba al cargo. Nos recibió amable y se dispuso a guiar a mis padres por las instalaciones, mientras yo, como cualquier niño de mi edad habría hecho, me dediqué a escabullirme por los pasillos, las butacas y los infinitos recovecos que ofrecía aquel increíble y majestuoso espacio. En mi imaginación, se convirtió en un lugar lleno de peligros y posibles aventuras, así que cuando un grupo de turistas que lo visitaban inocentemente se interpuso por casualidad en mi camino, mi cabecita soñadora los convirtió en seguida en una recua de bandidos que querían asaltarme armados con espadas. Como si subiese por las escaleras de madera de un viejo buque, corrí al primer piso huyendo del enemigo. Pero resultó que el enemigo (los inocentes turistas), estaba interesado en visitar también el anfiteatro, y sin saber siquiera de mi existencia, subieron detrás de mí. Todavía jugando, subí al siguiente piso convencido de que esta vez me libraría de ellos. Pero no fue así. Aquella gente también quería visitar el segundo anfiteatro, y entre comentarios de admiración acerca de lo que el guía les iba mostrando y explicando sobre la historia y la arquitectura del edificio, subieron también. Empezaba a asustarme. Aquello ya no era un juego. Yo estaba muy lejos de mis padres y esa gente no sabía que yo estaba allí. Podían perfectamente tomarme por un ladronzuelo y hacerme pasar un mal rato. Subí al siguiente piso. Ellos subieron detrás. Ahora ya no había escapatoria y yo estaba totalmente solo y asustado de verdad. Una puerta rota y desvencijada me ofrecía la única salida posible. No lo dudé: la crucé aterrorizado sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Lo que encontré al otro lado de aquella puerta era tan fascinante como amenazador y estoy seguro de que la fuerte impresión que me produjo, selló para siempre mi destino como hombre del espectáculo: un enorme espacio, viejo y desgastado, lleno de enormes cuerdas, vigas de madera, sacos, artilugios diversos y aparatos de tramoya me rodeaba haciéndome sentir diminuto e insignificante. Las tripas del teatro, el corazón de la mentira: el torreón de tramoya. El ruido de pasos me devolvió a la realidad. No lo podía creer, el grupo de turistas había subido hasta allí, y por una rendija, vi como el guía les señalaba la puerta por la que yo acababa de entrar. ¡Claro! ¡si había un lugar interesante en todo el teatro para visitar, era ese! Ahora sí que estaba en un buen lío: si me encontraban allí escondido me tomarían por alguien realmente extraño y peligroso y actuarían en consecuencia. Avancé en la oscuridad siguiendo una tenue y amarillenta luz que parecía venir de las profundidades iluminando el techo de la sala de telones, hasta que me encontré al borde de un abismo. Al fondo, tres pisos más abajo, el escenario vacío. Delante mío, el único camino para escapar: el peine del teatro. El peine del teatro es un gran grupo de varas de madera, dispuestas en horizontal unas al lado de otras y que atraviesa el cielo del escenario. De él se cuelgan los focos y telones que iluminan y decoran los distintos espectáculos. En este caso, se trataba de un peine del Siglo XVIII perfectamente conservado, incluso restaurado, pero lleno de carcoma y totalmente inservible para su uso presente. Pisar sobre él suponía precipitase al vacío, seguro. Pero eso yo no lo sabía. Así que ahí estaba, acorralado y diciéndome a mí mismo: “atrévete, atrévete, camina por el peine, es la única salida”. Os juro que estuve a punto, y creo incluso que llegué a tantear con el pie una de las varas. El resultado hubiese sido trágico: un tremendo chasquido de la madera al romperse, seguido de un grito desgarrador, interrumpido bruscamente por el golpe seco de mi cuerpo contra el suelo. Y yo, en mi primera (y última) gran actuación, muerto y con un charco de sangre manando de mi cabeza tiñendo de rojo el escenario. Los turistas y su acompañante habían abierto la puerta y estaban dentro del torreón. Sólo la oscuridad les impedía verme; o atravesaba el peine, o estaba perdido. Iba a hacerlo… Y entonces vino la luz. Un rayo de cordura atravesó mi mente infantil y aventurera, intuí que aquello no era una buena idea y retrocedí. De no haberlo hecho, habría muerto. Seguro. Me escondí como pude en uno de los diminutos rincones de aquel gran desván y recé para que no me viesen. Pero seguían acercándose y acercándose… ¡claro! ¡querían ver el peine del siglo XVIII! No pude más. Me derrumbé, empecé a gritar y salí corriendo. Pasé justo al lado de ellos, me escabullí por la pequeña puerta por la que habíamos entrado y corrí escaleras abajo llamando desesperado a mis padres. El guía que acompañaba a los turistas salió corriendo detrás de mí, pensando -tal y como yo había sospechado- que perseguía a un ladrón -o algo peor- que había subido hasta allí con oscuras intenciones. Yo escuchaba a mi espalda sus pasos y sus gruñidos acercándose cada vez más. Los ojos se me salían de las órbitas del pánico. Conseguí llegar al piso de abajo donde mi padre y mi madre -pálidos del susto, porque habían escuchado mis gritos desde abajo- terminaban su visita al teatro. Me abalancé sobre ellos, me abracé a sus piernas y rompí a llorar desconsoladamente. El pobre guía llegó unos segundos después con la lengua fuera y sin entender nada: hace apenas unos instantes, pensaba que yo era un peligroso delincuente que había entrado a desvalijar el teatro, y ahora veía a un niño de ocho años abrazado a unos señores y llorando como una madalena. El gerente balbuceaba: pero… eh… Juan Carlos… ¿qué… qué ha pasado? A lo que siguió una situación absurda en la que nadie entendía ni explicaba nada; el único que sabía lo que realmente había ocurrido era yo, pero no podía hablar porque estaba llorando, y al guía turístico, que algo podía contar, le llegaba la lengua al suelo y sólo podía decir: a…gua…arff, arff… gua… a… Cuando se calmaron los ánimos todo quedó aclarado y el guía -cargado de culpa por el mal trago que sin querer me había hecho pasar- me compró un helado para que se me quitase el susto del cuerpo, no sin antes murmurar con los dientes bien apretados: qué mono el niño… Volvimos a Madrid y yo dormí plácidamente en el coche camino a casa. La obra se estrenó y yo pasé los siguientes meses yendo todos los fines de semana a ver la función, a convivir con mis padres y sus compañeros de la compañía, en San Lorenzo de El Escorial, donde fui enormemente feliz. Cada día recorría varias veces todos y cada uno de los rincones del Real Coliseo Carlos III, y el teatro se convirtió en una segunda casa para mí. ¡Ah! Y el guía y el gerente me terminaron queriendo como a un hijo. Os espero a todos este domingo en el Carlos III para cerrar el círculo, con un concierto lleno de un hermoso significado, en un lugar lleno de maravillosos recuerdos. Prometo no subir al torreón de tramoya. Coque Malla. COQUE MALLA EN CONCIERTO. SAN LORENZO DE EL ESCORIAL. REAL COLISEO CARLOS III 23 de abril - 17.30 Últimas entradas en: www.entradas.com Artista invitada: Patricia Lázaro
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